DÁRSENA DE PAPEL

El español en la pluricultura

El español en la pluricultura

Oscar Díaz Arnau.- Países menos abigarrados que el nuestro no tienen empacho en justipreciar su cultura desde la mera óptica de la educación; pero nosotros no podemos darnos ese lujo. La cultura para nosotros es algo casi inasible y a la larga se ha vuelto condicionante: compleja, atomizada, mientras no terminamos de aprehenderla (¿o de aceptarla?) no nos ponemos de acuerdo en cómo encarar nuestro futuro. Esto, aunque cueste reconocerlo, nos mantiene estancados, figurativamente inseparables de la bolsita de derrotismo con la que salimos a trabajar todos los días. Y, así estamos…
La paradoja de Bolivia y el boliviano consiste en gozar de una cultura diversificada que le impide presumir de una ‘identidad nacional’ clara. El “problema” de la identidad es que se construye sobre la base, entre otras cosas, de la lengua: la lengua constituye un aspecto central en la configuración de la identidad. Pero algunos países como el nuestro están conformados por pluripersonas, una clase harto cultural de individuos que están provistos de identidad —una distintiva— y, no por esto dejan de salir a trabajar todos los días.
Donde “cultura es todo”, entonces, ella se mide en términos que rebasan la frontera del idioma. Más todavía si este deja de ser uno solo (en Bolivia nunca lo fue pero el castellano, hoy, tiene la fuerza constitucional de uno en muchos) para multiplicarse por 36. Habrá que entender que los impulsores del reconocimiento explícito de todas las lenguas que se hablan en el país buscaron —¿fundar?, ¿refundar?… ¡¿revertir?!— una identidad nacional. En definitiva, que algún día dejemos la susodicha bolsita en la casa.
Ahora bien. Si en última instancia la idea de la descolonización es ir al rescate de una identidad —en el punto del idioma— arrebatada por los españoles, convendría tomar en cuenta que Bolivia no es, solamente, ella y sus culturas ancestrales. Es, además, el cúmulo de percepciones que asumen (o no) un pasado, lo traducen y luego crean nuevos imaginarios. Esto en nuestro caso implica el uso cotidiano de una lengua que unifica, sin perjuicio de otras más particulares y no por eso menos importantes.
El hecho de que un gobierno persiga la dignificación recuperando o promoviendo lenguas nativas, no debería entrañar desatención al conjunto de signos que permiten un relacionamiento interpersonal sin necesidad de traductores. Pero como en Bolivia la preocupación por hablar y escribir en la lengua dominante (vaya mala palabra) es en la actualidad políticamente incorrecta, inculcar en el alumnado la visión descolonizadora resulta más imperioso que el sencillísimo, útil y necesario “dónde se coloca la coma”.
Debe ser duro entender dentro del Palacio de Gobierno que el castellano es inherente a la identidad de esta tierra y de su gente. Duro y enceguecedor, porque el desconocimiento político a la influencia positiva del idioma español en la composición de la identidad nacional no deja ver el desconcierto del boliviano, que por un lado va asimilándose plurinacional —integrante de la Bolivia de las partes—, pero por el otro no sabe legítimamente de sí mismo en tanto individuo y, para colmo, por el último Censo, tampoco de su vecindario. Sócrates, en nuestro país, estaría realmente desesperado…
Siempre será justo rescatar del abismo al quechua, al aymara y al guaraní —para citar los idiomas preponderantes—, mas si descolonizar significa arrancar de raíz un pedazo de identidad, erradicar forzosamente como se desplanta la coca en el Chapare o los Yungas, cuán equivocado está el camino de las políticas pluriculturales del país.