OJO DE VIDRIO

El humor de Adela Zamudio

El humor de Adela Zamudio

Ramón Rocha Monroy .- Nuestra Adela, perdón si nos la adjudico, está adscrita al modernismo, un huracán en el idioma castellano que desató el nicaragüense Rubén Darío. Sin embargo, cuánto ha envejecido, pero a tal punto que leer versos como “Margarita, está linda la mar” o “Juventud, divino tesoro” está más próximo al bostezo que a la carcajada. Porque la poesía envejece irremediablemente, y tanto más la prosa.
No se suele recordar, en cambio, “El capricho del Canónigo”, esa novela corta de Adela Zamudio, que es una burla temprana contra el modernismo con su busca de un lenguaje delicuescente y preñado de voces nada cotidianas. Lo releí a raíz de un pequeño trabajo de mi nieto, a quien le hicieron leer el libro de doña Adela, y confieso que lo hizo con cierto disgusto, hasta que le expliqué que tenía su gracia y, sobre todo, gracia temprana, de inicios del siglo XX, una cualidad que le daba más valor.
Los paisanos comienzan sus relatos con una expresión inefable: “Agarra, ¿no?” Pues bien, agarra. Un buen día llega a la aldea un paisano desde Buenos Aires, munido con gustos literarios que hacen enmudecer a los escasos literatos de la villa y, sobre todo, los encandilan. La narradora es uno de los encandilados, pero en páginas inolvidables sostiene el siguiente diálogo entre dos mujeres preñado de gracia modernista.
“—Heme aquí, dijo, nostálgica, contemplando al claror vesperal, las rosas pálidas, cuyos pétalos vuelan noctívagos al soplo de las brisas autumnales. ¿Y usted? ¿Qué ha sido de su vida?
“Yo respondí al momento: -He estado todo el día asubiado a mi habitáculo, exhalando suspiros delicuescentes al son monorrítmico del tintinabuleo pluvial.
“Lanzó una franca y sonora carcajada. -¿Nota usted, dijo luego, cuánto hemos adelantado en literatura?”
Cortázar, entre otros escritores, hubiera reído a carcajadas de este texto precursor de toda literatura adrede, como la que él le atribuía al argentino Eduardo Mallea, que no podía decir que encendió el interruptor de la luz sin inventar palabras rebuscadas. Pero nuestra Adela escribe además un texto que precede la cita y es el primer ensayo del literato de aldea.
“Flor humana que ostenta la suavidez glaciada del nenúfar y la regia esbeltez de la magnolia. En la ufanía de su eutesia divina, su andar es el vaivén de la palmera oásica. Flor de luz cuyo aroma sortílego tiene efluescencias hipnóticas. En los ortos carbunclados de sus ojos de ensueño, hay sombrosas abstrusidades de logogrifo. Su acento, es sólido arpegio perdido en noche azul de saudades místicas, su mirada enigmática sugiere eróticas soñaciones y delirios caóticos.”
El narrador pasea alrededor de la columna del Cóndor de la Independencia, en la Plaza 14, pero veamos cómo escribe su experiencia:
“Al finar el macábrico pandemónium de la faena diurnal, diríjome, cual humilde pasaturo, al parque septémbrico y, silente, cohibido, oso aguardarla al pie del cóndor nostálgico, en las gradas de la columna granítica que se mira en las ondas gélidas del estanque, en cuya glauca superficie nadan aves acuáticas de plumaje albar; no lejos de los macizos tapizados de trifolio que sustentan pelargonias de umbelas rojas, petunias multicolores, laureles de hojas enhiestas coriáceas, y tóxicas adormideras, temblantes en sus pedúnculos tormentosos”.
Y bueno, al término del intento literario exclama: “Me parece que para primer ensayo, está más que regular. Darío va a quedar asombrado de mi autodidaxia”. Darío es el personaje que llegó de Buenos Aires, una especie de alter ego del viejo Rubén, como se llama el literato de aldea, en clara alusión al poeta nica.
Esa es la Adela desconocida que me gustaría conocer, la que se reunía en amables tertulias con dos ingenios de la época: Man Cesped y Rodolfo Montenegro, padre de Carlos Montenegro, el fundador del nacionalismo revolucionario.