Lunes, 20 de enero de 2014
 

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¿Complejo de eternas víctimas?

¿Complejo de eternas víctimas?

Arturo Yáñez Cortes.- Algunas reacciones de varios compatriotas a lo ocurrido con nuestro bravo representante en el Dakar el chuquisaqueño Walter Nosiglia Navarro cuando tuvo que abandonar por un accidente de tránsito que malogró su quadra, me ha dejado pensando en esa suerte de cultura colectiva compartida por muchos bolivianos para sentir (nos) eternas víctimas de complots urdidos por terceros, se trate del imperio, del extranjero, del árbitro, etc (siempre otros: los terceros). Me explico: ocurrido el accidente de tránsito y ante la bronca e impotencia del abandono por causas ajenas a su probada pericia, en las redes sociales y otros medios de opinión surgió la tendencia de calificar ese hecho como un sabotaje fruto de alguna mano negra (sin pretensiones discriminatorias y peor racistas por sí acaso); de tratarse de un complot fríamente ejecutado para perjudicarnos; en fin de un acto mal intencionado en contra de “nosotros los pobrecitos bolivianitos”, etc, etc e incluso, no faltaron posturas abiertamente xenófobas, pues el accidente sucedió en una carretera de nuestro vecino -usualmente vilipendiado por algunos- Chile.
Cabrá entonces a esos efectos precisar que un accidente de tránsito como el que nos ocupa, constituye un hecho típicamente culposo producido al no observar el cuidado al que se está obligado conforme las circunstancias y condiciones personales, a diferencia de los dolosos que son causados con conocimiento y voluntad. Así, cuando un conductor por falta de pericia, rotura de frenos o exceso de velocidad causa un accidente, lo hizo culposamente por no observar el cuidado debido; mientras que si el mismo decide matar a una persona y para ello le atropella intencionalmente, se trataría de un hecho doloso por naturaleza.
Hasta donde se sabe gracias a la octava maravilla del mundo –la red internet- e incluso supe por un twit de un allegado a nuestro campeón y por las entrevistas brindadas personalmente por el afectado, resulta que se trató de un desgraciado accidente de tránsito causado por el vehículo de auxilio de un competidor sudafricano, cuya responsabilidad ya le fue atribuida íntegramente por la Policía chilena.
Es decir, nada de complots de algún extranjero, manos negras o alguna situación dolosa aunque si innegablemente culposa, propia de la impericia o falta de previsión del auxilio, que le metió no más y en contra ruta (cualquier coincidencia con la política boliviana, es solo eso: coincidencia)
Entonces, dejando de lado el caso concreto de nuestro piloto, pero aprovechando las reacciones de varios compatriotas a consecuencia de lo acontecido (nuestro piloto caballero como es, públicamente lo perdonó), sostengo que cabría superar aquella suerte de tara mental para sentirnos, presentarnos y hasta –pareciera- gozamos del triste rol de víctimas de terceros que son siempre los malos de nuestras películas, asumiendo que en las buenas y en las malas debemos conducirnos como responsables de nuestras acciones y, especialmente, más allá de las contingencias que siempre surgen, convencernos que podemos tomar casi todas las riendas de nuestros destinos, que por cierto con la ayuda de Dios nuestro Señor, podemos concretarlos exitosamente, superando algunos contratiempos que imposible no se presenten. No nos creamos entonces el cuento –aunque logre algunos votitos extras- que somos las eternas víctimas de los malos, malitos y malosos y dejemos de vivir atribuyéndole culpas a otros de lo que nosotros, bien o mal hacemos o dejamos de hacer. ¿O será que los bolivianos somos prueba de que: “errar es humano pero más humano es echarle la culpa al otro”? (Les Luthiers).