|
BARLAMENTOS
Política de Estado y energía solar en el altiplano
Política de Estado y energía solar en el altiplano
Winston Estremadoiro.- Si de energía se trata, nuestro país ha sido bendecido por lo que hasta hoy se consideraban sus mayores obstáculos: lo abrupto de su territorio y su ubicación enclaustrada en el corazón de Sudamérica.
Primero, las nacientes de caudalosos ríos amazónicos hacen de Bolivia una potencia del agua, acervo que en el futuro desencadenará guerras por controlarlo. La caída de la Cordillera Real hacia las planicies nororientales encierra un potencial hidroeléctrico cercano a los 50.000 megawatts (MW), de los cuales se explotaban menos del uno por ciento: 900 MW; para este año se estimaban 1.300 MW de generación y solo 1.200 de uso, dejando desde ya un excedente para exportar. No creo que hayan incluido los 200 MW que generará Miguillas, menos los proyectos de Rositas, San José, Cachuela Esperanza y la binacional con Brasil. Ni hablar del angosto de El Bala.
Segundo, da en el clavo aquello de convertir Bolivia en centro energético de América del Sur, por lo menos de su parte meridional. Ya resbaló por la demagogia eso de ser nodo energético con el gas natural, ahora parece existir voluntad política para ser nodo energético mediante la energía. Hoy el mapa boliviano se colorea en matices de energía propulsada por el gas natural como combustible, y por aguas que descienden no sin antes mover turbinas, interconectadas ambas por un sistema de cables y centros de control que es quizá tan nacional como el languideciente servicio de correos.
Como salpicaduras por aquí y por allá están otras iniciativas. Generar energía con el viento, como la planta eólica en Pocona que añade 2.5 MW a la oferta energética. Quemar cáscara de almendra alimenta la electricidad en Riberalta, aunque preferiría que tal biomasa fuese triturada y embasada como fertilizante vegetal. Está en ciernes la planta geotérmica de Laguna Colorada, que aprovechará la energía del interior del planeta, energizando con 50 MW, espero, a gentes paupérrimas y a un complejo turístico de hoteles de aguas termales en lagunas multicolores y el espléndido mar de sal de Uyuni. Ya funciona en Pando un paisaje energético de tierra roja cubierta de paneles solares.
Bolivia reboza de al menos ocho fuentes de energía renovable. Lo que podría ser una línea maestra de política energética yace en el objetivo de que en tres años provengan de fuentes renovables tres cuartos de la energía eléctrica consumida en el mercado interno. Añadiría que quien mucho abarca, poco aprieta; los recursos son escasos, no solo la plata, sino el oro de los recursos humanos. Dos aspectos son prioritarios: el costo-beneficio de una u otra alternativa, e incentivar el desarrollo del campo.
Por eso me gustó la ponencia de un admirado científico, Francesco Zaratti, en un foro de la Unidad Académica Campesina (UAC) de La Paz. Hizo hincapié en que 97 por ciento de Bolivia es apto para generar energía solar, y el altiplano resalta en los más altos niveles de radiación del Tata Inti. Habló de que la generación de energía eléctrica con paneles solares es una solución posible, práctica y más barata que la energía termoeléctrica para el desarrollo sostenible en el altiplano. Imaginen si no reduciría índices de migración la producción orgánica de quinua real, de otros rubros andinos y de vegetales y hortalizas en carpas solares, todos energizados por rayos solares que hoy solo tuestan faces. Cuesta $1.30 lo que exportado a la Argentina se vende a $10 como gas natural. ¿Es o no buen negocio?
Pero la megalomanía de los que mandan y la sandez de los de abajo se alían en el proyecto de instalar una usina nuclear en La Paz. ¡Claro que es para usos pacíficos! De otra suerte, aviones vecinos estarían encima en minutos para reducirla a polvo, o la chambonada de algún operador resultaría en un Chernobyl boliviano. Pertinente es preguntar ¿se ha agotado el potencial de energía hidroeléctrica, térmica, eólica, termoeléctrica y solar que tiene el país? La respuesta es no.
|