Domingo, 4 de enero de 2015
 
Ciudad desde la altura

Ciudad desde la altura

Carlos D. Mesa Gisbert

Por fin podemos ver en detalle nuestra quinta fachada, aquella que se percib�a entre las nubes y en la distancia desde las alas de un avi�n y con el zumbido pertinaz de sus turbinas. Ahora nos deslizamos en medio de un absoluto silencio dentro de esas bellas burbujas de colores que atraviesan el aire entre la magia y un gui�o a este siglo desmesurado.
A pesar de cualquier deseo o intuici�n, el color dominante es el naranja terroso de los ladrillos que inundan dos terceras partes de todo el entorno que vemos debajo de nuestros pies y a nuestro alrededor. El otro material insistente es la calamina con su color opaco de plata, o el rugoso rojizo del �xido que la atrapa.
Pero mucho m�s all� est� la monta�a omnipresente, due�a y se�ora, la del rojo de tonos de sangre y el oscuro color del esta�o en el sur, o los beiges casi grises de la arcilla en los otros puntos cardinales, y el blanco de las crestas de las monta�as tutelares, nuestros apus en todos los lugares. La monta�a que est� dentro de nosotros, de cada uno, de cada cuerpo, de cada respiraci�n acezante. No es la ciudad entre monta�as, es la monta�a en la ciudad, la que la hace, la que la moldea, la que la domina. Es la monta�a siempre, a�n aquella cubierta por las manos humanas, aquella de las escaleras diminutas que parecen subir al infinito, que desaf�an los �ngulos y la raz�n, que suben, siempre suben.
Cuando sentimos el peque�o golpe de la tracci�n de los cables y parece que emprenderemos una ruta imposible que asciende hasta los �ltimos l�mites o baja a una hoyada profunda e indecible, adivinamos de nuevo la ciudad y la percibimos de otros modos. Es como verla por primera vez, es como respirarla detr�s del plexigl�s herido por la luz m�s intensa o cubierto por esas gotas de lluvia que deforman lo mirado, que lo transforman de extra�a manera.
No es una cuesti�n de belleza, no lo es, es algo m�s. Esta ciudad de nuestros ancestros, esta Chuquiago, esta nuestra Se�ora de La Paz, no puede definirse a partir de una palabra que no le cabe, que no le es suficiente. No, La Paz no es una ciudad bella, es mucho m�s que eso, es una ciudad ind�mita, intensa, fuerte, es una ciudad dura, muy dura, es la suma del tiempo incontable, de un pasado profundo, de la roca y la arcilla en la que se asienta, de su aire transparente. Es aqu� donde de verdad podemos decir, como Carlos Fuentes, que esta es la regi�n m�s transparente, la de nuestros rostros quemados por el viento y el sol implacables, es la agregaci�n del amor creador, el dolor y la violencia, es el sonido inacabable de la fiesta, es el estallar de la estridencia multicolor, de sonidos y de formas. .
Es la ciudad de los carteles y los cables que la enredan como en un laberinto del que no se puede escapar, la de los pocos adoquines que todav�a refulgen al sol, la de la asfixia de las peque�as calles tomadas por los minibuses.
Desde este nuevo cielo con los colores de la bandera, ese ser abigarrado se esfuma en el silencio, se congela para ser mirado, para ser oteado sin otro l�mite que la soledad, la de cada uno que disfruta este nuevo transitar que no se pod�a imaginar siquiera hace unos pocos a�os.
No, no es de belleza que se habla aqu� en las alturas, es de fuerza. Es, como escribi� Tamayo en �Scherzo Sinf�nico� una ciudad de extra�os titanes salidos de la greda en la que �Guarda la tierra larvas y el aire giros��un son, un signo�!�. Es como clamaba Cerruto �Casa de los h�litos astrales m�s que el celeste invierno transpareces y como el invierno hieres y originas copas enconadas��. Y Saenz en �Recorrer esta Distancia�: �Una distancia recorrida, una ciudad deshabitada. En una ciudad perdida, una ciudad habitada � nunca hubo tiempo. El reflejo de la lluvia, una lluvia. Un saludo, una se�a��. Y Guillermo Bedregal Garc�a en su �Ciudad desde la Altura�: �Las formas de un abismo se dejan ver tras el �ltimo murmullo de la ciudad donde vuelve a crecer la esperanza de un final recordado por ti y por mi en cada nacimiento�. O Leonardo Garc�a en su �R�o subterr�neo�: �Porque solo la ves en las noches sin luna, y no la ves de verdad. En verdad, en verdad, ella te sue�a�.
Es la misma, es otra, es una y muchas. Es ahora, suspendidos, que la vivimos como siempre la hemos vivido y la viviremos, nueva y distinta en cada uno de los despertares de los d�as que vendr�n.