Domingo, 11 de enero de 2015
 

COLUMNA VERTEBRAL

Yo soy 'Charlie Hebdo'

Yo soy 'Charlie Hebdo'

Carlos D. Mesa Gisbert.- La barbarie perpetrada en Par�s contra la revista sat�rica 'Charlie Hebdo' con un saldo de doce muertos, entre ellos verdaderas leyendas del periodismo de Francia, nos confronta con la dram�tica realidad de un mundo acosado por la locura fundamentalista. Pero sobre todo, vuelve a desafiarnos sobre los derechos esenciales de los seres humanos y la vigencia del universalismo de esos derechos.

En las �ltimas d�cadas surgi�, desde la l�gica del culturalismo y la afirmaci�n de la supuesta naturaleza intr�nsecamente distinta de las diversas visiones de mundo que expresan los m�ltiples pueblos que constituyen la humanidad, una dura cr�tica a lo que se entendi� como la imposici�n que hizo Occidente de sus propios valores, con la pretensi�n de que todo el mundo se adscribiera a ellos como continuidad del eurocentrismo conquistador y expansionista de los �ltimos siglos.

Cuando en 1948 se dio uno de los saltos m�s extraordinarios de la historia, la consagraci�n de la Declaraci�n Universal de los Derechos Humanos, se supuso que esos principios reflejaban de modo inequ�voco el cuerpo esencial de los derechos b�sicos a los que todos aspir�bamos. Se crey�, err�neamente, que ese texto desterraba un pasado oscuro propio de una humanidad anclada en atavismos primitivos.
No fue as�, no es as�, probablemente no ser� as� nunca. Los monstruos del radicalismo irracional del dogmatismo religioso, los demonios iguales o peores del dogmatismo supuestamente ultra racional del dios-estado, trascendieron el mundo antiguo, el medieval y el moderno. Esta locura atroz nos acompa�a en lo m�s �ntimo de nuestros esp�ritus, es parte de ellos, es un ingrediente b�sico de nuestra paradoja como entidad individual y colectiva. Nada tiene que ver con los particular�simos ni con las caracter�sticas de una determinada 'visi�n de mundo' en funci�n de una cultura especifica. Baste recordar que las cimitarras del islam radical en nada se diferencian de la Inquisici�n y la caza de brujas del cristianismo, o de los corazones arrancados por los aztecas, o de los hornos crematorios del nazismo. Poco hay de distinto entre los gulags de Stalin o las purgas de Mao, con las masacres �tnicas en Ruanda.
Igual que en el caso de las Torres de Nueva York, en Par�s unos pocos j�venes al grito de 'Al� es Grande' asesinaron a mansalva para vengar la afrenta contra el profeta y contra dios. Intentaron asesinar tambi�n la libertad de esos periodistas, la libertad de expresar ideas, la de pensar, la de ejercer el derecho a desarrollar libremente una conciencia individual, el derecho, en suma, a la Libertad con May�sculas.
Nada hay, absolutamente nada que pueda relativizar el reconocimiento de que todos nacemos iguales, de que el primero y m�s sagrado de nuestros derechos es el de la vida y que parte inescindible de este, es el de pensar y expresar libremente nuestras ideas.
Es tiempo de dejar bien claro que ning�n particular�simo cultural y menos a�n una fe religiosa puede, a t�tulo del car�cter sagrado de sus creencias, a t�tulo de la terrible y destructiva convicci�n de que se posee la verdad absoluta, porque supuestamente solo hay una verdad absoluta, justificar la aniquilaci�n de todos aquellos �un todos sin matices� que no creen en esa verdad y, peor a�n, que la cuestionan.
Alimentar la idea de que los particular�simos llegan a un punto tal que es posible debatir si matar al otro en determinado contexto se puede y se debe justificar, es el gran riesgo de esta l�gica. En ese camino de las justificaciones podr�amos forzar el argumento y afirmar que vivimos una guerra permanente y que esa guerra no puede circunscribirse solamente al campo de batalla, concluir que todo el planeta es un campo de batalla y que, por tanto, es un imperativo religioso leg�timo irrumpir en el edificio de un peri�dico en Par�s y disparar a todos para matar a los infieles. No importa ya quienes, no importa otra cosa que no sea aterrorizar a aquellos que intenten, como los asesinados tan brutalmente, volver a satirizar sobre el profeta y sobre dios.
Desde la libertad, desde la democracia, desde los valores del respeto y la tolerancia a las ideas de los otros, se enfrenta un colosal y complejo desaf�o. Demostrar que esta batalla se puede ganar sin alterar los principios que defendemos. No es solo una batalla contra la intolerancia del fundamentalismo islamista, sino tambi�n desde la trinchera del integr�simo nacionalista xen�fobo que pretende construir un muro que 'proteja a Occidente' y expulse a los 'Barbaros'. Nos toca a todos. Desde donde estemos es parte de nuestro compromiso democr�tico tomar posici�n, terminar con el relativismo que hace diferencias entre muertos de derecha y muertos de izquierda, muertos opresores y muertos oprimidos, entre muertes justificadas y muertes injustificadas.
La reivindicaci�n de la libertad y de la democracia debe hacerse en Kabul, en Teher�n, en Washington, en Madrid, en La Paz, en Estocolmo, en El Cairo, en Beijing o en Nairobi. Ninguna verdad, ni la religiosa ni la pol�tica, justifica el asesinato y el intento de asesinato de la libertad de pensar.
La �nica respuesta posible a esta locura es la ley, una ley que proteja esos derechos esenciales, que se aplique sin el af�n de venganza, pero sin complejos ni miedos, que est� por encima de cualquier supuesta verdad absoluta, que no hace otra cosa que oprimir y destruir derechos esenciales y con ellos millones de vidas de mujeres y hombres en nuestro atribulado planeta.
Yo soy 'Charlie Hebdo'.