|
PROJECT SYNDICATE
Fan�ticos, charlatanes y economistas
Fan�ticos, charlatanes y economistas
Jean-Marie Gu�henno.- En todo el mundo, al parecer, la crisis est� controlando la pol�tica nacional. En cada elecci�n se registran participaciones de los votantes hist�ricamente bajas. A nivel universal, los pol�ticos son condenados. Los partidos pol�ticos tradicionales, desesperados por seguir siendo relevantes, caen en un c�rculo vicioso, y se ven forzados a ceder al extremismo o correr el riesgo de ser aplastados por movimientos populistas antisistema.
Mientras tanto, el dinero est� teniendo un papel importante en la pol�tica como no se ve�a desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, al grado que supera el poder de las ideas. En los Estados Unidos, por ejemplo, el sonido de los miles de millones de d�lares dirigidos a las arcas de las campa�as electorales, est� ahogando las voces de los votantes individuales. En partes del mundo donde el Estado de derecho es fr�gil, las redes delictivas y la corrupci�n sustituyen a los procesos democr�ticos. En resumen, la b�squeda del bien colectivo parece tristemente algo del pasado.
El problema empez� con el fin de la Guerra Fr�a, cuando el colapso de una ideolog�a comunista en quiebra se interpret� complacientemente como el triunfo del mercado. As� como se descart� el comunismo, lo mismo sucedi� con el concepto de Estado como agente central desde donde se pod�an organizar nuestros intereses y ambiciones colectivos.
El individuo se convirti� en el principal agente de cambio �un individuo concebido como el tipo de actor racional, figura com�n en los modelos econ�micos. La identidad de dicho individuo no proviene de intereses de clase u otras caracter�sticas sociol�gicas, sino de la l�gica del mercado, que dictamina la maximizaci�n del inter�s individual, como productor, consumidor o votante.
En efecto, la econom�a se ha puesto en un pedestal y consagrado en instituciones como los bancos centrales y autoridades encargadas de asuntos de competencia, cuya autonom�a e independencia de la pol�tica se ha generado intencionalmente. En consecuencia, los gobiernos se han visto obligados a arregl�rselas al margen de la asignaci�n de recursos de los mercados.
La crisis financiera mundial de 2008, la recesi�n resultante, y la creciente y veloz desigualdad de ingresos y de riqueza han disminuido el triunfalismo simplista de la econom�a. Sin embargo, la pol�tica, lejos de reivindicarse para ocupar su lugar, sigue siendo desacreditada, pues los dirigentes tradicionales �en particular en Am�rica del Norte y en Europa� se apoyan en las teor�as econ�micas para justificar sus decisiones de pol�tica.
La b�squeda de objetivos individuales es el sello distintivo de nuestra era y opaca la dimensi�n colectiva del destino de la humanidad. Pero con todo, la profunda necesidad del ser humano de formar parte de un grupo no ha desaparecido. Persiste, pero sin una salida cre�ble. Los proyectos nacionales suenan huecos y la llamada comunidad internacional sigue siendo una abstracci�n. Entre los j�venes, incluidos, por ejemplo, los yihadistas, este deseo de pertenecer puede ser particularmente agudo.
De hecho, los primeros en notar este vac�o han sido los l�deres pol�ticos y religiosos y se est�n apresurando para llenarlo. El Papa Francisco, Vladimir Putin, Abu Bakr al-Baghdadi y Marine Le Pen tienen poco en com�n, pero comparten una percepci�n: hay un gran anhelo de crear comunidades definidas por valores compartidos, no por necesidades funcionales.
La crisis de las pol�ticas nacionales tiene consecuencias que se resienten mucho m�s all� de las fronteras de los pa�ses. El chovinismo nacionalista y el fundamentalismo religioso seguir�n existiendo, igual que el terrorismo al que recurren los extremistas de todo tipo, porque son fen�menos que se adaptan perfectamente a la era del individuo: ofrecen soluciones imaginarias a las angustias personales en lugar de respuestas pol�ticas a los desaf�os colectivos. La naturaleza amorfa de estos movimientos � canalizados frecuentemente a trav�s de l�deres carism�ticos � permite a cada individuo proyectarlos a sus propios sue�os, por lo que es dif�cil combatirlos en el marco de la pol�tica tradicional.
Sin embargo, esta fuerza tambi�n puede ser una debilidad. Cuando tienen que administrar territorios y gobernar poblaciones, estos movimientos comienzan a enfrentarse a las mismas limitaciones molestas de log�stica y organizaci�n que sus rivales. Como resultado, la burocracia los persigue constantemente, por lo que tienen la necesidad permanente de revoluciones y renovaciones.
Para que la pol�tica recupere el �mbito de los valores de manos de los fan�ticos, los charlatanes y los economistas, es necesario reconstruirla desde abajo. Actualmente m�s de la mitad de la poblaci�n mundial vive en las ciudades y cualquier renacimiento pol�tico debe contrarrestar la atracci�n de las vastas comunidades virtuales con sociedades urbanas robustas. Es necesario que los ciudadanos vuelvan a participar en el proceso pol�tico, que se informen en las cuestiones p�blicas y que se les den plataformas reales (no solo virtuales) para ventilar sus diferencias y debatir puntos de vista alternativos.
Adem�s, es necesario fortalecer a las instituciones y replantear su objetivo, que funcionan como puente entre los Estados y la comunidad global, como la Uni�n Europea. En especial, se deben diferenciar claramente sus funciones t�cnicas de su papel pol�tico.
Sobre todo, los pol�ticos deben dejar de intentar fortalecer su mermada credibilidad con el pretexto de las ciencias econ�micas. La pol�tica comienza donde la econom�a contempor�nea termina � con �tica y un esfuerzo por crear una sociedad con un orden justo.
|