Martes, 3 de febrero de 2015
 
El gran d�a

El gran d�a

Marcela Saavedra Pacheco.- Ten�a tres a�os y medio, cuando aquel d�a nublado, alterado s�lo por una tenue llovizna, se convirti� en el gran d�a esperado.
Con la nitidez de la alta definici�n de un recuerdo vivo, veo a mi madre visti�ndome con un delantalcito blanco y la imagen de mi padre, conduci�ndome al comienzo de un fascinante viaje sin final.
Un tambor casi de guerra palpitaba en mi pecho impulsado por esa mezcla agridulce de emoci�n y miedo ante lo desconocido, redoblando, cuando nos detuvimos ante una inmensa puerta de madera de estilo g�tico, que daba paso a otra puerta de vitrales con im�genes religiosas; escondiendo un gran patio cuadrangular, bordeado por columnas y corredores pulcros que conduc�an a otros patios.
Una figura vestida con impecable h�bito, gris como el cielo de ese d�a, se impon�a en la entrada, dando una amable bienvenida a todos los que �bamos llegando a ese portal del tiempo.
Un abanico de expresiones se abr�a mostrando caritas, entre desconcertadas y serias a despreocupadas y ajenas a la situaci�n.
S�bitamente, el mar en aparente calma se agit� con un llamado imperativo, que enviaba a todos por los corredores, con rumbo a distintos salones en el segundo y tercer patio.
Esa fr�gil calma se termin� de romper cuando los adultos empezaron a irse, generando el estallido en llanto en varios ni�os, que contagiaban a otros .Yo, a punto de hacer lo mismo, me aferraba m�s a la mano de mi padre, hasta que tropec� con su mirada firme reprobando el descontrol inminente, diciendo:
- Esto, ya te lo explicamos hijita.
Entonces, los recuerdos corrieron en mi auxilio de inmediato, haci�ndome reaccionar
- �Claro! Lo reconoc�, est�bamos en el lugar del que tanto me hab�an hablado.
Enseguida las nubes se apartaron del cielo para m�, dejando brillar al sol; mi padre ya se hab�a ido prometiendo volver por mi m�s tarde, estaba sola, lista para enfrentar con valor y emoci�n mi primer d�a de clases en el jard�n de ni�os, el d�a que comenc� a transitar el maravilloso mundo del estudio y el aprendizaje.
No sab�a entonces, que esa misma emoci�n y yo, nos volver�amos a encontrar: el primer d�a en la escuela, el colegio, la universidad, el trabajo, pero ya como amigos.
El tiempo invertido por mis padres en prepararme para ese primer d�a, m�s la sonrisa sincera y serena con que me abrieron aquella puerta, le permitieron existir, al hermoso recuerdo que tanto atesoro de ese gran d�a.