Mi�rcoles, 4 de febrero de 2015
 

RESOLANA

Visto de cerca

Visto de cerca

Carmen Beatriz Ruiz.- Dicen que �visto de cerca nadie es normal�. Adem�s de ser una frase ingeniosa, la picard�a revela nom�s un sentido com�n cercano a la sabidur�a que acepta una oportunidad y una posibilidad. La oportunidad que tenemos los seres humanos de ser como Dios nos d� a entender, con todas las rarezas posibles (ya se sabe que �entre gustos y colores no han escrito los autores�). Y la posibilidad de una noci�n tan amplia como difusa respecto a lo que se entiende por normalidad.
Esta sabidur�a de la vida cotidiana bien podr�a aplicarse para comprender, mejor y tambi�n con mayor amplitud de mente, lo que implican las identidades de las personas. Lo pongo en plural, expresamente, porque no es raro escuchar por ah� la exigencia que se hace de definici�n �nica, casi monol�tica, a los individuos. Pero, en realidad, encontrar una persona con una sola identidad ser�a algo tan raro como un muerto viviente. A lo m�s podr�amos establecer los rasgos de las principales identidades que nos expresan o con las que nos autodefinimos o aqu�llas con los que las otras personas nos caracterizan.
Quiz� lo correcto ser�a hablar de varias identidades que se ejercen simult�nea o secuencialmente a lo largo de una vida o, sin ir m�s lejos, a lo largo de un d�a. Probablemente siempre haya rasgos predominantes pero tambi�n habr� identidades que se debilitan o incluso se desechan, y se adquirir�n nuevas.
El desempe�o de oficios y profesiones nos otorga rasgos de identidad; lo mismo ocurre con la pertenencia a una determinada cultura, de un pa�s o el ser miembro de un grupo espec�fico, as� como cada eslab�n del ciclo de la vida. La mayor�a de las mujeres (aunque cada vez menos), por ejemplo, asumimos la identidad de �madre de�� durante pr�cticamente toda nuestra vida, pero es m�s fuerte sobre todo cuando los hijos son peque�os. He conocido much�simas �esposa de�� que no cambian nunca ese rasgo o que, llegado el momento de una ruptura dram�tica, se lo sacuden como quien cambia de piel.
Mujeres y hombres aceptamos esa multiplicidad de identidades en la cotidianidad sin hacernos mayor rollo, porque sabemos que la vida y la gente son as�: diversas, variopintas y, muchas veces, contradictorias. Sin embargo, cuando se trata de posiciones pol�ticas exigimos (a los otros, claro) definiciones tajantes y excluyentes. Por ejemplo, es frecuente escuchar ��qu� clase de ind�gena es, si usa computadora y celular?�, como si el uso de la tecnolog�a estuviera re�ido con la identidad �tnica. O �habla como indio pero act�a como blanco�, como si las aspiraciones de vivir mejor fueran excluyentes de una determinada auto identificaci�n. Llevado al extremo, ese razonamiento supondr�a que quienes asuman identidades de pueblos originarios tendr�an que seguir viviendo exactamente como sus tatarabuelos y lejanos ancestros. A nadie en su sano juicio se le pedir�a ese exceso de �compromiso�.
Ampliando un poco m�s el foco de esta cuesti�n, es bueno referirse a an�lisis m�s densos (el chenko, por Roberto Larsena, y el chejje, por Silvia Rivera) de lo que significan las mezclas en el pa�s, algo que va desde las identidades individuales hasta las consignas inscritas en la Constituci�n Pol�tica del Estado del Estado Plurinacional y, por supuesto, en los discursos y en la pr�ctica.
Si visto de cerca nadie es normal, tampoco nadie es �nico e inamovible, porque la vida est� hecha de retazos.