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Pegada a la tierra
Pegada a la tierra
Mario Mamani Morales.- Hay poblaciones en el pa�s donde s�lo quedan ancianas. Los j�venes y adultos han marchado hacia otros horizontes en busca de trabajo. Generalmente ya no vuelven porque han encontrado mejores oportunidades para ellos y la familia que inician. El pueblo que los vio nacer ha quedado lejos y se convierte en recuerdo.
Esta es una realidad en muchas familias. Cuando los hijos toman el camino a la Argentina, s�lo la madre queda en casa, las peque�as parcelas con algunas plantas y unas cuantas ovejas o cabras. Ya ancianas est�n pegadas a la tierra de donde se resisten salir.
Hay ocasiones en que los hijos buscan una mejor situaci�n para la madre anciana, casi a la fuerza la llevan consigo a la urbe. All�, aunque no siempre en una villa miseria, jam�s se acostumbran, a�oran volver a su pago, exigen a la hija o hijo que las devuelvan a la tierra, a la casuchita que todos los d�as la tiene en el recuerdo y la nostalgia.
Do�a Josefa ha vivido esa realidad. Su origen est� en alg�n lugar de Nor Chichas del Departamento de Potos�. De estos lares casi todas las personas j�venes han migrado al pa�s vecino, Argentina; �all� hay trabajo�, dicen. Ella fue a la fuerza al gran Buenos Aires. La ubicaron en una casa con cer�mica, cemento y todos los servicios; pero jam�s se sinti� plena aunque ten�a el cuidado de sus hijas que la rodearon de todo: ropa, comida, televisi�n y cuidados.
�Quiero volver a mis casa, ll�venme�, era el reclamo diario y casi a toda hora. Jam�s sinti� como suya la buena cama, el cuarto de ba�o con todas las comodidades de ciudad. Pensaba en sus ovejitas, sus cerros, la amancaya, sus vecinas, ancianas igual que ella, pero con las que pod�a hablar en su idioma. En la metr�poli, s�lo hab�a ruido y abandono porque las hijas ten�an que salir a trabajar.
A tanta insistencia y cansadas de escuchar el ruego de la madre para volver a su tierra, la traen de vuelta; pero ellas, las hijas, tienen que regresar a su Buenos Aires porque all� ya tienen familia, casa y trabajo. Do�a Josefa se queda sola en su pago; pero contenta porque es su mundo, su pueblo, su tierra, su aire fresco y puro. De vez en cuando llega alg�n encargo de los hijos e hijas, con dinero incluido que ella no sabe en qu� o c�mo gastar. Est� pegada a la tierra.
Otro de los hijos que hace a�os se fue hacia Santa Cruz, tambi�n ya tiene un futuro labrado: esposa, hijos y casa en un asentamiento tipo colonizaci�n donde tambi�n planta, tala �rboles y recoge los frutos de su esfuerzo en el cultivo de la tierra.
Por asuntos de conciencia y el deseo de estar junto con la madre, tambi�n do�a Josefa es llevada al oriente. Aunque sea en el campo, m�s con las temperaturas altas, el aire sofocante, nunca se acostumbra. Tiene el cari�o del hijo y los nietos; pero su mente est� en el lugar donde ella naci�, creci�, hizo familia, fue feliz al ver a los hijos hacerse adolescentes, j�venes; pero tuvieron que partir porque ya la tierra no produc�a a consecuencia de una rotura de un dique de colas de COMSUR que arras� con todo en los a�os 90 del pasado siglo. Jam�s la tierra volvi� ser a la misma.
Do�a Josefa en Santa Cruz, cerca a la frontera con Brasil donde su hijo tiene su parcela, todos los d�as pide que la lleven otra vez a su pago. Como duerme en el suelo, temprano cada ma�ana alista sus prendas y dobla la cama esperando que sea el d�a para partir a su pueblo. �Aunque sea mu�strenme el camino y me ir� caminado�, suplica al hijo.
Finalmente la retornan a su tierra. Ahora ella m�s anciana, casi sin vista y apoyada en un bast�n se cocina, recoge agua de una vertiente y tiene su perro y una gata que son sus compa�eros. Respira su aire y de vez en cuando alza la vista hacia el sendero, por ah� llega alguno de sus hijos.
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