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COLUMNA VERTEBRAL
Orden y desorden mundial
Orden y desorden mundial
Carlos D. Mesa Gisbert.- Ir�nicamente, el siglo del horror, el de Aushwitz, fue tambi�n el de la Declaraci�n Universal de los Derechos Humanos. De los escombros de la guerra, de los huesos calcinados y los cadaveres vivientes de Hiroshima, emergi� un nuevo orden mundial. Nuevo orden basado en algunas premisas b�sicas, la m�s importante fue la de unos mapas, unos estados, unos bloques y un ajedrez, cuyo equilibrio o desequilibrio ten�a que ver con la l�gica de dos grandes poderes en tensi�n. Todo sustentado en la idea de que alguien concreto administraba el poder, que habia entidades nacionales cuya potencia pol�tica, econ�mica y militar, defin�a un determinado camino.
El mundo de la guerra fr�a, cuyas columnas era los misiles y sus cabezas nucleares, y cuyo templo ten�a las im�genes de Marx y Lenin, las de Smith y Ford, marc� un tiempo bastante n�tido, de guerras localizadas y de avances y retrocesos en un mapamundi estructurado sobre precarios pero predecibles equilibrios.
La ca�da del Muro genero la idea equivocada de que terminada la era del socialismo real se iniciaba un nuevo orden multipolar cuyas bases, sin embargo, eran las mismas, esto es una determinada organizaci�n internacional basada en las mismas premisas que se hab�an sustentado despu�s de 1945. Se supon�a que Yalta y Bretton Woods segu�an proyectando sus certezas en el horizonte. Fue un error, la ca�da del Muro fue un par�ntesis de esperanza, una ilusi�n de un futuro que no cristaliz�. La humanidad no hab�a llegado al puerto de la utop�a ta largamente anhelada.
Despu�s de los campos de gas como el s�mbolo mas ominoso de la degradaci�n de nuestros valores m�s caros, la siguiente estaci�n fue el 11 de septiembre y la ca�da de las torres. Es dif�cil encontrar una imagen que retrate mejor el fin de un momento y el comienzo de otro. En algo m�s de una hora fuimos testigos de una horrible metamorfosis. De la perfecta y cartesiana forma de ambos edificios, s�mbolo si los hay del orden racional de las cosas, pasamos, bajo el brillante sol tibio de una ma�ana de primavera, al caos total, a la devastaci�n, a la inmensa capa de polvo y residuos de metal, papeles y restos humanos que cayeron sobre los habitantes de Nueva York, la ciudad m�s emblem�tica del planeta.
Tras esa imagen sobrecogedora amaneci� una nueva realidad. El dise�o mundial de 1945 se hab�a hecho pedazos. Se abrieron las puertas de la incertidumbre y de la crisis. Las premisas del racionalismo laicista no eran las que marcaban el futuro. Descubrimos, no sin azoramiento, que aquellos principios y valores que nos parec�an evidentes no lo eran tanto. Comprobamos -una vez mas- que detr�s del discurso pulcro de la modernidad estaba la econom�a de casino, lo peor de la avaricia y el cinismo humano. Pero vimos tambi�n que no era verdad que el iluminismo hab�a desterrado los atavismos b�sicos de nuestro v�nculo indisoluble con un pasado que nos marc� a fuego. No era posible romper amarras con la intima convicci�n de una vida trascendente y de una o m�s divinidades todopoderosas que rigen nuestras vidas, que explican sin explicar todo lo que nuestra mente no puede alcanzar a comprender. Si la vida aqu� es lo que es, porque no apostar por otra que nos redima.
Las viejas sombras de la Edad Media nos han cubierto y marcan la evidencia de que la trama de los estados nacionales est� superada por la transnacionalizacion, no solo de un sistema financiero que funciona como un magma que domina las pantallas de plasma de las bolsas del mundo, sino del radicalismo religioso convertido en una cruzada de pesadilla por la imposici�n de una verdad revelada, cuyo �xito depende de desterrar todo vestigio de razon y de libertad individual. Los jinetes del Apocalipsis cabalgan en este nuevo desorden mundial, all� esta el crimen organizado expresado en el tr�fico de personas, de armas, de drogas. La violencia combina las causas religiosas, los nacionalismos tribales y los intereses mas descarnados. Los olvidados de la tierra quieren llegar al 'paraiso' prometido a trav�s de masivas corrientes migratorias que generan el miedo y el rechazo de la xenofobia...
La arquitectura internacional que surgi� con la creaci�n de Naciones Unidas despu�s del suicidio de Hitler y el triunfo de las naciones aliadas en la �ltima "guerra justa", no responde a esos gigantescos desaf�os de hoy. Parece muy dif�cil apostar por un nuevo orden deseable, apenas podemos atisbar a construir un orden posible a sabiendas de su precariedad. Las grandes potencias conviven con poderes f�cticos, tanto o m�s grandes que ellas mismas. La preservaci�n de los equilibrios esta cada vez m�s lejos de las cabezas nucleares, de los desmesurados ej�rcitos convencionales, y de las reglas incuestionables de los bancos centrales o de los departamentos del tesoro. Miles de millones de seres humanos afrontan una realidad de poderes compartimentados, de causas contradictorias y del sinsentido de una vida sin esperanza cuya meta es exprimir lo que se pueda en el menor tiempo posible.
Es en ese nuevo escenario que debe dise�arse una estrategia internacional multipolar, despojada de una l�gica inflexible (la de liderazgos basados en el razonamiento que emergi� de los Estados-Nacion), capaz de responder con m�s velocidad y menores restricciones 'burocr�ticas' a la realidad. En ese contexto, es un imperativo entender la multiculturalidad, revisar nuestras ideas sobre la modernidad, entender que conviviremos -como siempre ha ocurrido- en la paradoja entre nuestros miedos y convulsiones at�vicas y la ilusi�n de la transformaci�n de nuestros esp�ritus bajo el manto de la innovaci�n, la ciencia y la tecnolog�a. Los seres humanos del siglo XXI debemos saber ya que nos acompa�ara siempre la impronta primitiva que le dio sentido a nuestra especie. No habr� nuevo orden si no lo entendemos as�.
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