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Los leprosos de hoy
Los leprosos de hoy
Mons. Jes�s P�rez Rodr�guez, O.F.M..- El evangelio de este domingo, Marcos 1,40-45, nos narra un breve di�logo de fe entre Cristo y un leproso, que termin� con la curaci�n de este por parte de Jes�s. El leproso, ya sanado es reintegrado a la comunidad civil y religiosa judaica, de la que la enfermedad le ten�a apartado de acuerdo a las prescripciones de Mois�s contenidas en el libro Lev�tico, 13,1-2 y 44-46. El milagro lo alcanza aquel enfermo de lepra por la s�plica llena de fe que hizo a Jes�s. Este hombre fue liberado en este d�a: f�sica, social y espiritualmente.
El domingo pasado dec�a que la Eucarist�a es el soporte de la fe. El criterio definitivo para conocer al cristiano, al sacerdote, al religioso, al obispo maduro es: c�mo se relacionan con Dios, viviendo su fe como di�logo y no como mon�logo egoistico. La fe como di�logo comienza por la absoluta disponibilidad para escuchar a Dios, a fin de darle una respuesta personal que nos capacita para el testimonio de vida.
El pr�ximo mi�rcoles, iniciamos un tiempo muy especial para los cristianos cat�licos: la SAGRADA CUARESMA, que debiera marcar la vida de todos los cristianos, pero lamentablemente son pocos los que entran en el esp�ritu cuaresmal. Este tiempo est� fuertemente guiado por la iglesia en su experiencia milenaria, especialmente en la Liturgia, con la finalidad de acompa�ar y ayudar, para que vivamos una mayor experiencia de encuentro con el Se�or por medio de la oraci�n, la reflexi�n, la Palabra de Dios y el ayuno.
Jes�s es el modelo que queremos seguir siempre, pero de una manera particular en la Cuaresma. Cuanto m�s insegura es la fe, es decir, la experiencia de Dios, de contacto con Cristo, mayor ser� el deseo, la tentaci�n y el peligro de buscar un sistema de seguridad religiosa por medio de un montaje religioso, calculado a la propia medida. Todos queremos en no pocos momentos de la vida, hacer una religi�n acomodada a los propios gustos, una religi�n a la carta, como suele decirse, para que como una aspirina calme nuestras preocupaciones internas.
La curaci�n del leproso que guiado por la fe recurre a Jes�s, tiene un simbolismo muy especial para aquel tiempo de Jes�s. Sabemos muy bien hoy d�a que la lepra es el mal o la enfermedad de Hansen. Pero entonces la lepra era vista y entendida como s�mbolo del pecado. Pareciera que pensar as� es como creer que todos los malos son feos y todos los lindos buenos. La lepra apartaba de la comunidad civil y religiosa como a un maldito por Dios. El leproso era un empecatado. El pecado era y es tambi�n ahora algo serio. Hiere profundamente a la persona que lo comete aunque no quiera admitirlo.
La huella del pecado en lo m�s profundo del ser humano va m�s all� del recuerdo o sensaci�n que se pueda tener o no en la conciencia. Eso puede borrarse con el paso del tiempo, o con el ruido del quehacer diario que nos distrae. Pero el pecado en s�, la liberaci�n de ese mal, solo la puede hacer el Se�or. Jes�s vino para salvarnos, para librarnos del pecado. Por eso nos dice: "he venido a salvar, no a condenar". Lo primero que hizo el leproso fue reconocer el mal que padec�a y recurrir a Aquel que le pod�a salvar del mal de la lepra, de su pecado como �l cre�a. Esto suele serlo m�s dif�cil en la vida humana y cristiana. Reconocer nuestro nuestros pecados. Nos creemos sin pecado, entones no habr� curaci�n posible. Dios cura al que reconoce su pecado, pide perd�n y se convierte. Todos necesitamos convertirnos cada d�a.
Hoy d�a podemos decir que casi la lepra est� superada, pero hay otros males, otra serie de leprosos, discriminados o marginados en nuestra sociedad que, se glor�a de ser tan abierta. Hay una serie de personas que, a veces, consideramos injustamente pecadoras, indeseables, a quienes no los queremos en nuestras relaciones, nos alejamos de ellos. Nuestro mundo quiere ver a los sanos f�sicos y espirituales, a los guapos, a los campeones, a los que pertenecen a nuestro sector social, a los que nos caen bien... A los otros lo ignoramos sin m�s. En la vida real aplicamos a ellos la ley de Mois�s: los marginamos y los consideramos molestos. Como los israelitas de aquel tiempo nos alejamos de ellos, no vaya a ser que nos contaminen de su mal. No nos damos cuenta que por ese camino no llegaremos a mejorar nuestra sociedad y a alcanzar la unidad en el mundo a la que todos aspiramos.
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