S�bado, 21 de febrero de 2015
 

EDITORIAL

Nuestra palabra

Nuestra palabra



Lo importante es que esta etapa encuentre al pa�s abocado a atender la demanda mar�tima contra Chile ante la Corte de La Haya, ratificando su voluntad pacifista y de di�logo

M�s all� de los diversos argumentos que a lo largo de los a�os se han dado, de las an�cdotas �generalmente atentatorias contra nuestra estima nacional� y de los resultados, lo cierto es que el 14 de febrero de 1879, Chile invadi� nuestro territorio, dando inicio a una guerra que signific�, al margen de los dolorosos costos humanos, convertirnos en un pa�s enclaustrado.
Es un error profundo evaluar los sucesos del siglo antepasado con los valores de hoy, pero s� es urgente recordar que aquellos actos que significaron mutilaciones geogr�ficas y evidentes perjuicios para alcanzar niveles aceptables de desarrollo pueden y deben ser reparados. Eso es lo que desde el fin de la Guerra del Pac�fico los gobiernos que se sucedieron en el pa�s han pedido a Chile y han planteado al mundo una demanda leg�tima y justa.
En todo este tiempo, y salvando excepciones (generalmente dictaduras que la historia se ha encargado de condenar), desde Bolivia se han elaborado las m�s diversas propuestas y estrategias para recuperar una salida soberana al Oc�ano Pac�fico. Mientras que en todo este tiempo, en Chile se han atrincherado en su negativa utilizando diversas m�scaras para justificarse.
Ha habido, en este sentido, interesantes experiencias, as� hayan terminado siendo fallidas. Se han cometido errores, como tambi�n se ha mantenido vivo un esp�ritu de esperanza en que, finalmente, alg�n d�a la dirigencia chilena asumir� el gran desaf�o de eliminar el principal obst�culo para impulsar la integraci�n entre ambos pueblos y la regi�n toda.
Hoy se ha abierto una nueva etapa. La decisi�n del Gobierno de plantear un proceso ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) para que se exija a Chile negociar de buena fe una respuesta viable a nuestra demanda mar�tima ha removido a la intelectualidad chilena, aunque ha reforzado a los sectores m�s conservadores y autoritarios de esa sociedad, hoy representados por un ministro de Relaciones Exteriores calificado, incluso por sus propios paisanos conocedores del tema y el mundo de la diplomacia, como uno de los dignatarios menos competentes para el ejercicio de estas labores.
Esto, sin dejar de reconocer que, como tambi�n sucede en Bolivia, su discurso agresivo, contradictorio y chauvinista pueda encandilar a una poblaci�n que tambi�n vive un momento de tensi�n interna y requiere de permanentes acicates para seguir mirando el futuro con optimismo.
En este contexto, lo importante es que esta etapa encuentre al pa�s abocado a atender la demanda ante la CIJ, ratificando su voluntad pacifista y de di�logo para alcanzar su justa reivindicaci�n. Y quienes por principio nos adherimos a la democracia y la pac�fica convivencia, debemos apoyar esta iniciativa cuyo buen resultado, hay que insistir, podr�a volcar la p�gina y dar inicio a un proceso de encuentro, respeto y desarrollo que incluso podr�a ser ejemplo de integraci�n.
Est�, pues, una vez m�s en manos de Chile, la posibilidad de abrir esa compuerta. (Reedici�n)