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EDITORIAL
Grecia y la salud de la democracia
Grecia y la salud de la democracia
Poner en riesgo la viabilidad de la institucionalidad democr�tica es algo que a nadie conviene, por lo que cualquier negociaci�n que culmine en un acuerdo es una buena noticia
Despu�s de un mes de tensas negociaciones, cuando las m�s pesimistas previsiones desahuciaban la posibilidad de un entendimiento, Europa y Grecia han logrado un acuerdo que si bien no da una soluci�n definitiva a las disputas, ha dejado abierta la v�a hacia nuevos avances en la direcci�n correcta.
Como toda negociaci�n entre partes que defienden posiciones divergentes, el acuerdo no ha sido plenamente satisfactorio para ninguno de los contendientes. Y aunque a primera vista Grecia aparece como la que m�s concesiones hizo, lo que es comprensible dada la debilidad de su situaci�n actual, los t�rminos acordados no dejan de ser positivos si se consideran las otras opciones que ten�a a su alcance.
Desde el punto de vista econ�mico, los negociadores del Eurogrupo lograron salir airosos de esta primera batalla ante Alexis Tsipras y todo lo que el l�der griego representa. Lograron evitar que los representantes del flamante gobierno de Atenas impongan su pliego de demandas y se conformen con una nueva pr�rroga, esta vez de cuatro meses, para que Grecia presente un plan de ajustes enmarcado dentro de los l�mites impuestos por las reglas de juego vigentes. Y aunque saben que esa no es una soluci�n de fondo sino s�lo una postergaci�n del desenlace, tienen buenos motivos para sentirse conformes con el resultado obtenido.
El mayor r�dito para Europa, sin embargo, no es el que se puede medir en t�rminos contables. Es en t�rminos pol�ticos que el acuerdo logrado merece ser valorado porque tiene la virtud de haber desactivado un conflicto cuyos efectos desestabilizadores amenazaban con extenderse por todo el continente. Es que Alexis Tsipras y la coalici�n que representa es el �ltimo basti�n que queda en Grecia, y por extensi�n en gran parte de Europa, de un sistema pol�tico sujeto a reglas, procedimientos, posibilidades y limitaciones legales. Sin esa opci�n, y ante el total descalabro de los partidos tradicionales, s�lo el caos y las reyertas callejeras hubieran sido el escenario de las confrontaciones.
A�n quienes con m�s intransigencia defienden el tambaleante sistema econ�mico y pol�tico europeo est�n conscientes de que ninguno de los acuerdos alcanzados, por provisionales y precarios que sean, hubiera sido posible con otro gobierno griego. Saben tambi�n, por consecuencia, que no pueden abusar de la flexibilidad y condescendencia que en esta primera ronda mostraron los abanderados de la nueva ola de la izquierda europea. De hacerlo, podr�an poner en serios aprietos a Tsipras y su partido, pero a un costo demasiado alto expresado en el crecimiento del descontento en otros pa�ses, como Espa�a, que observan la evoluci�n de la crisis griega como un anticipo de lo que les espera.
En ese contexto, y m�s all� de lo que digan durante los pr�ximos meses las fr�as cifras econ�micas, lo que en verdad importa es que en Grecia se est� poniendo a prueba la posibilidad de resolver los conflictos de intereses y visiones en t�rminos pac�ficos y con los instrumentos que brinda la institucionalidad democr�tica. Poner en riesgo la viabilidad de esa f�rmula es algo que a nadie conviene, por lo que cualquier negociaci�n que culmine en un acuerdo, por insuficientes que sean sus resultados, como en este caso, es de por s� una buena noticia.
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