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DE-LIRIOS
¡Qué viva el petróleo!
¡Qué viva el petróleo!
Rocío Estremadoiro Rioja.- Al ser amante del canto de las aves y peatona desde siempre, me enerva el rumor metálico de los motorizados. Peor aún en las urbes bolivianas donde peatones y ciclistas tenemos que soportar el crecimiento desmedido del parque automotor y, cotidianamente, insultos, bocinazos y humos malolientes bajo el riesgo de que un noble conductor, te atropelle. Por ende, insisto, al preferir los dulces sonidos de la naturaleza, si hubiera estado en inmediaciones de los lugares por donde pasó el Dakar, tal acontecimiento me arruinaba el paseo.
Sin ser santo de mi devoción, estos últimos días, el show del Dakar es algo que no puede obviarse, porque de forma absurda y demagógica ha sido promovido por el Gobierno con tanto énfasis, que se convirtió en motivo de encendido debate. Saltan las preguntas: ¿Por qué una carrera de motos y similares es un tema tan politizado y en el que se ha invertido cuantiosos recursos públicos? ¿Cómo es posible que sea bandera de un régimen de izquierda?
El Rally Dakar nació con un sesgo colonial porque se lee en sus imaginarios esa dicotomía de civilización y barbarie, donde lo indómito y salvaje (África y luego Sudamérica) viene a ser conquistado, tomado y domado por un certamen organizado en primer mundo y auspiciado por millonarias empresas de autos, transnacionales petroleras y bancos. Si nombráramos un evento que simbolice al capitalismo duro, a su discurso desarrollista y, en palabras de Lenin, a su fase superior imperialista, no habría ningún otro al que le calce tan bien el guante.
Está por demás decir, que los supuestos beneficios que trae el Dakar a los países de su recorrido son nimios, comparados con las grandes ganancias de sus mentores y auspiciadores, así como si esperáramos el influjo de potentados turistas para que nos tiren unas cuantas monedas. Ni hablar de los impactos ambientales y arqueológicos que fueron denunciados en Chile y Perú, y que en Bolivia tratamos de ningunear.
Si el Dakar hubiera sido promocionado por los gobiernos neoliberales no sorprendería, porque los argumentos que lo escudan estarían posicionados en el mismo espectro ideológico. Es más, las arengas chovinistas y patrioteras que celebran su paso por Bolivia, recuerdan mucho a los discursos banzeristas cuando se prometía que, bajo la dictadura, Bolivia se transformaría en un país de ganadores.
No obstante, poner en el tapete estas aserciones lo convierte a uno en opositor, en la derecha neoliberal, en amargado, apátrida y hasta en racista. Mientras tanto, los revolucionarios parecen pagados por las transnacionales para publicitar la industria automovilística, los ecologistas y defensores mundiales de la madre tierra le rinden pleitesía al petróleo, a la contaminación acústica y a su legado de destrucción y basura y los anticolonialistas se agachan para recibir las dádivas de la civilización y el progreso.
Como van las cosas en el país, no quiero ni pensar en cómo sería el baile, si algún gobierno defensor de los derechos de las mujeres lograra, por fin, que el concurso de Miss Universo se organice en Bolivia. Tendríamos que presenciar el patético espectáculo de aguerridas feministas patrocinando el negociado misógino de Donald Trump y una de las peores expresiones de la denigración y mercantilización de la mujer, bajo argumentos de que promociona el turismo, visibiliza a Bolivia, que hay que estar orgullosos de la belleza boliviana, etc. ¿Pitonisa?
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