Martes, 9 de septiembre de 2014
 

EDITORIAL

La violencia de género, una batalla que se pierde

La violencia de género, una batalla que se pierde



Evitar la tentación de las simplificaciones es una condición indispensable para llegar más allá de la muy justa pero estéril ira

Después de varias semanas durante las que por diferentes motivos el tema de la violencia contra las mujeres ha ocupado un lugar muy destacado en la agenda pública nacional, un conjunto de organizaciones, instituciones y personas especialmente involucradas en el problema han convocado a distintas movilizaciones en los últimos días.
El estado de máxima alerta, que en muchos casos ya bordea con la desesperación, está sobradamente justificado. Es que a pesar de que ya han transcurrido 17 meses desde que se puso en vigencia la Ley 348 que ofrece a las mujeres una vida libre de violencia, en los hechos los resultados son de lo más desalentadores.
Ante tan dura realidad, lo que se exige es algo tan elemental como que las diferentes instancias estatales hagan los esfuerzos necesarios para llevar a la práctica lo que ya se ha puesto en el papel. Esa es una tarea urgente, pues es enorme la desproporción entre la abundancia de buenas intenciones plasmadas en leyes y otras normas y la carencia de los recursos indispensables para hacer posible su aplicación.
Un pequeño pero muy ilustrativo ejemplo de la falta de voluntad para llevar los mandatos legales a la práctica son las miserables condiciones en que debe cumplir sus funciones el personal responsable de la Fuerza Especial de Lucha Contra la Violencia (Felcv). Son tan pocos los recursos materiales y humanos con que cuenta esa repartición policial –la que teóricamente es uno de los principales brazos ejecutores de la Ley 348– que nadie puede sorprenderse de lo pobres que son los resultados de su labor.
Lo mismo puede decirse del otro pilar de la lucha contra la violencia hacia la mujer, que es el Órgano Judicial. Es muy ilustrativo al respecto el hecho de que hasta ahora, 17 meses después de la aprobación de la Ley 348, en Chuquisaca todavía no se haya instalado un juzgado dedicado al tema ni hayan fiscales especializados, factores que contribuyen mucho a que las causas se diluyan en los pasillos policiales.
A esos factores cuya realidad objetiva es incuestionable se deben sumar otros que también contribuyen a que en nuestro país esté perdiéndose la batalla contra la violencia hacia las mujeres. Uno de ellos es la tendencia a la banalización del tema, como viene ocurriendo en las pugnas electorales. Otro, más importante aún, consiste en la inclinación a simplificar tan complejo asunto al reducirlo a sus rasgos más visibles sin asumir el reto de indagar en sus causas más profundas. Así, lo único que se logra es distraer la atención y las escasas fuerzas y energías disponibles en las manifestaciones más externas del mal, lo que estorba cualquier esfuerzo serio para comprender, primero, y atacar después, sus orígenes.
Por eso, es necesario insistir en la necesidad de reunir el valor que hace falta para no caer en la tentación de las simplificaciones. Reconocer que las raíces del problema son más hondas y complejas de lo que cabe en las expresiones de protesta es un primer paso sin el cual no será posible llegar más allá de la muy justa pero estéril ira.