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CARTUCHOS DE HARINA
�Aqu� ya no mandan los gringos, mandan los indios�
�Aqu� ya no mandan los gringos, mandan los indios�
Gonzalo Mendieta Romero.- Podr�a tomar una actitud mala leche y tildar de �teatrales� los actos de posesi�n del Presidente. Por ejemplo, en Tiwanacu la narrativa de los estrategas del Gobierno fue, otra vez: �esta posesi�n es un destino hist�rico, la culminaci�n de un periplo de siglos�. Pero las bromas del Presidente con quienes lo felicitaban en el atrio del templete no daban el tono �pico apropiado, para pesar de los escen�grafos oficiales que quisieran, en el talante del protagonista principal, la gravedad de la pel�cula Acorazado Potemkin.
Pero m�s all� de esas incidencias de poca monta, el MAS tiene una visi�n de lo p�blico. La imaginer�a elegida podr� ser m�s o menos atinada, pero porta la voluntad de crear ritos y tejer relatos estatales.
No s�, por ejemplo, si es necesario vestir al Presidente con uniformes que seguramente �de no ser por su designio pol�tico� �l no usar�a ni en carnaval. No obstante, es m�s que obvio que esa gestualidad quiere, por ejemplo, afianzar el lugar p�blico del ind�gena, antes relegado por el monopolio de la est�tica patronal-occidental en la esfera oficial. La propia comisi�n parlamentaria que fue al Palacio Quemado a recoger al presidente Morales, antes de su juramento, fue seleccionada para retratar nuestra composici�n cultural y �tnica: dos ind�genas, dos de clase media urbana y una afroboliviana.
Todo aquello para no acudir a lo expl�cito, como la frase presidencial de que �aqu� ya no mandan los gringos, mandan los indios�, dicha pese al esfuerzo (infructuoso) de Evo de no azotar m�s a los norteamericanos. Por eso el Gobierno puede darse el lujo de tropel�as como las de su exministro de Salud o la paliza a los del TIPNIS. Por ahora, el MAS es la �nica fuente de la que bebe la ansiedad por reconocimiento, autoestima y representaci�n de la mayor�a del pa�s. Y nadie busca ni competirle en ese terreno.
En la narrativa del MAS se unen as� tres potentes factores. El primero, una leyenda ideol�gicamente alimentada (en una mixtura de milenarismo marxista, indianista y nacionalista) por d�cadas para el cumplimiento de una �profec�a� cuyo tiempo ha llegado (y oponerle razones a una profec�a consumada no es muy eficaz que se diga). El segundo, una noci�n de que la vida p�blica es m�s que un Estado que deja que cada cual se encargue de su vida privada, al modo del primer mundo. Esa noci�n coincide con la fiesta y la ceremonia premoderna, tan valiosas para nosotros, los bolivianos, como para parar las ciudades cuando se nos ocurre.
Y el tercer factor: un grupo pol�tico como la �lite masista, capaz de identificar las carencias y necesidades s�quicas y sociales de la poblaci�n para expresarla o, a veces, �ayudarla� a evadir sus duros complejos y realidades (como con el Dakar). Este �ltimo elemento es, parad�jicamente, fruto del instrumentalismo moderno m�s acabado, presto a honrar todo lo que d� resultado y sea �til (tal como en la cultura pol�tica o empresarial mundial, a la que el MAS denosta pero con la que se hermana en sus m�todos).
Mientras, la oposici�n se refugia en la queja y en la cr�tica del precio de la ropa presidencial o de las cifras oficiales m�s o menos fuleras. Y apuesta a la crisis econ�mica o amplifica la indignaci�n (muchas veces justificada y no racista como insiste el Gobierno) de las clases medias de mentalidad liberal y cosmopolita. Pero los cambios demogr�ficos y sociales del pa�s hacen imperioso que la oposici�n medite c�mo disputar al MAS en el discurso y la edificaci�n de lo p�blico.
La pol�tica consiste, entre otras cosas, en conquistar a los m�s en oposici�n a los menos, en cualquier arquitectura discursiva que lo permita (enanos contra ogros, pobres contra ricos, trabajadores contra z�nganos, etc.). Y su derrota seguir� garantizada si la oposici�n s�lo atina a pedir que se castiguen los fouls del Gobierno. Una oposici�n sin creaci�n discursiva que perfile mayor�as y sin arte para plantear una forma de ideaci�n de lo p�blico, imaginer�a incluida, juega con tal desventaja que ya no es posible ignorar m�s.
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